viernes, 25 de diciembre de 2015

La señal de Dios

Dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón.
Lucas 2:7
(Los magos) lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra.
Mateo 2:11

Los pastores no recibieron como señal nada extraordinario, maravilloso, ni especial, cuando el ángel les anunció el nacimiento de Jesús. Sólo iban a ver un niño acostado en un pesebre. La señal de Dios era ese niño nacido entre los pobres.
Los primeros en ver esa señal fueron, pues, estos pastores. Jesús entró en la pobreza humana para que los pobres lo encontraran cerca de ellos. No es que los pobres sean mejores que los demás, pero Dios se fija en ellos, y Jesús llegó a donde ellos estaban. “Dios es grande, pero no desestima a nadie” (Job 36:5). Los pastores pudieron ver al niño Jesús y se fueron llenos de gozo, de alabanza. Fueron ellos los primeros testigos de Jesús.
Luego los magos, ricos en inteligencia, dinero y conocimiento, también fueron llamados para ver a Jesús. Tuvieron que recorrer un largo camino. Le llevaron oro, símbolo de su gloria de Rey; incienso, símbolo de su excelencia, siendo Dios, y mirra, imagen de los sufrimientos que tendría que soportar en su condición humana. Ofrecieron todo esto al niño y se postraron ante él.
La adoración a Jesús es expresada, tanto por los pobres como por los ricos, en el agradecimiento y la humildad, porque Jesús, tomando forma de hombre, “se despojó a sí mismo” (Filipenses 2:7). Veló su gloria eterna para venir a este lugar donde el hombre podía al fin ver a Dios y conocerlo como Emanuel, es decir, “Dios con nosotros”.
Zacarías 9-10 - Apocalipsis 18 - Salmo 147:1-6 - Proverbios 30:24-28

jueves, 24 de diciembre de 2015

La alabanza de los ángeles y la alabanza de los hombres

El ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo... os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor... Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios, y decían: ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!
Lucas 2:10-14

Sucedió una noche en Oriente, cerca de Belén. Unos pastores guardaban sus rebaños en los campos. A primera vista era una noche como las demás. Pero repentinamente un ángel del Señor apareció a los pastores, y luego una multitud de ángeles empezó a alabar a Dios. Celebraban un acontecimiento que había pasado desapercibido: la llegada de un niño, nacido en medio de la pobreza, en una familia modesta. Los ángeles, criaturas celestiales, mensajeros de Dios, revelaron a unos sencillos pastores el sentido extraordinario de este nacimiento: “Os ha nacido hoy... un Salvador, que es CRISTO el Señor”.
Más de 2.000 años después, con motivo de la Navidad, la cristiandad recuerda mediante cánticos ese mensaje del Evangelio. Entre ellos, el villancico «Noche de paz» es uno de los más conocidos. Fue cantado por primera vez en un pequeño pueblo austríaco, en el año 1818. Un modesto vicario, Joseph Mohr, compuso las palabras, y el músico del pueblo, Franz Gruber, compuso la melodía. Aunque muy sencillo, este villancico consiguió sobrepasar las fronteras y las barreras lingüísticas.
¿Se conmueve su corazón al pensar en este tema de sumo gozo: la venida a la tierra de Jesús, el Salvador, el regalo que Dios ofreció a los hombres?
Zacarías 8 - Apocalipsis 17 - Salmo 146:8-10 - Proverbios 30:21-23

martes, 22 de diciembre de 2015

Un recién nacido

Al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María.
Mateo 2:11
Indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne... visto de los ángeles.
1 Timoteo 3:16
Cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer.
Gálatas 4:4
En la sala de espera del pediatra observaba a los que me rodeaban. Una madre tenía en sus brazos a un recién nacido, acababa de sacarlo cuidadosamente de un cochecito muy confortable. Ese bebé, de sólo unos días de nacido, todavía no tenía la fuerza suficiente para mantener su cabeza erguida. Descansaba en los brazos de su madre, que le sostenía la cabecita. En ese momento pensé: «Ese bebé depende realmente de su madre... Afortunadamente ella lo sostiene bien».
La fragilidad y la dependencia de este niño dirigieron mis pensamientos hacia otro niño recién nacido que estuvo acostado en un pesebre, hace más de 2.000 años. Los ángeles, maravillados, habían anunciado a los pastores: “Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre” (Lucas 2:12).
Los ángeles y todos los que lo visitaron contemplaron a ese niño en la humilde condición de un recién nacido, que depende de los cuidados de su madre... Sin embargo Él había creado el sol, la luna, las estrellas, así como a los hombres y todas las maravillas del universo.
Qué gran humildad “hubo en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2:5-8).
Zacarías 6 - Apocalipsis 15 - Salmo 145:14-21 - Proverbios 30:17

Sublime Gracia

miércoles, 25 de noviembre de 2015

¿Religión o Evangelio?

¿Y cómo se justificará el hombre con Dios?
Job 9:2
Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús.
Romanos 8:1

Muy a menudo confundimos el Evangelio, es decir, la enseñanza de Jesucristo, con una religión entre muchas otras. ¿Se puede hacer una comparación así?
Existen muchas religiones, pero un solo Evangelio. La religión es obra del hombre, pero el Evangelio es un don de Dios.
La religión es lo que el hombre hace de Dios y quiere hacer para Dios; el Evangelio es lo que Dios hizo por el hombre.
En las religiones, el hombre busca a Dios. En el Evangelio, Dios busca al hombre.
Para el hombre, la religión consiste en subir por la escalera de sus buenas acciones con la esperanza de encontrar a Dios en el último escalón. Pero el Evangelio nos revela a un Dios que descendió de la escalera, en Jesús, para tener un encuentro con nosotros, pecadores, que estamos en el escalón más bajo.
La religión resalta la buena voluntad del hombre, pero el Evangelio es la “buena nueva” que vino de Dios: todo el que cree en Jesús obtiene el perdón de sus pecados (Hechos 10:43).
La religión está hecha de ritos y de prácticas, pero el Evangelio es la proclamación del amor ilimitado del Dios Salvador.
La religión desea mejorar al hombre exteriormente, pero el Evangelio lo transforma desde el interior.
La religión blanquea la superficie, pero el Evangelio purifica el corazón.
Existen muchas religiones, pero un solo Dios Salvador.
“El evangelio... es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (Romanos 1:16).

Job 31 - Hebreos 12:12-29 - Salmo 132:13-18 - Proverbios 28:15-16

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)

domingo, 4 de octubre de 2015

Respuesta a nuestras crisis

Aquel que a Dios teme, saldrá bien en todo. La sabiduría fortalece al sabio más que diez poderosos que haya en una ciudad.
Eclesiastés 7:18-19


El temor del Señor es para vida, y con él vivirá lleno de reposo el hombre; no será visitado de mal.
Proverbios 19:23


Su misericordia es de generación en generación a los que le temen.
Lucas 1:50



Las crisis financieras, alimentarias y políticas no son las únicas crisis con las que nos podemos encontrar. También existen las crisis personales: laborales, conyugales, familiares… En un momento u otro cada uno de nosotros tenemos que hacer un balance de nuestra vida.
Pero encontrar el sentido de mi vida, la dirección que me gustaría darle, es hallar la sabiduría. ¡Qué difícil búsqueda! La Biblia nos dice que la sabiduría “encubierta está a los ojos de todo viviente” (Job 28:21), pero también nos dice que “el temor del Señor es la sabiduría” (Job 28:28).
Así, la respuesta a las diferentes crisis que podamos atravesar la hallamos en el temor de Dios. ¡Temor no quiere decir miedo! Temer a Dios es tomar conciencia de su existencia y de su grandeza, es honrarlo. Él no es un Dios lejano, inaccesible. Tampoco es un Dios que nos condena y nos rechaza. Él nos busca y nos ama. Temer a Dios significa creer en él, confiar en él. El punto de partida es, pues, ir a él mediante la fe en el Señor Jesús. Porque por su muerte en la cruz Jesús borró las faltas que me separaban de él.
Confiar en Dios significa aceptar que no puedo ocuparme solo de mis problemas. Entrego en sus manos mi vida y mi futuro, el día de hoy y el de mañana. Entonces mi vida se ilumina con una nueva luz, pues el Señor es mi guía. ¡Hallo fuerza y ánimo en su amor!


Fuente: © Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)

martes, 8 de septiembre de 2015

Promesas de Dios

(Jesús dijo:) De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida.
Juan 5:24


Volvamos a leer bien el versículo de hoy. Jesús nos dice que el que cree en él tiene vida eterna y ha pasado de la muerte a la vida. Estas tres palabras, “tiene” y “ha pasado,” no dejan lugar a ninguna duda. No hallamos un «si» o un «quizá» que pueda insinuar la mínima duda. Por lo tanto, cuando recibimos sencillamente las palabras del Señor, podemos regocijarnos de ser salvos, ¡salvos por la eternidad!
Así, el que cree tiene (ahora mismo) la vida eterna. Ha pasado (es un hecho cumplido) de la muerte a la vida. La vida eterna no es el resultado futuro de una serie de esfuerzos y de abnegación, sino un don que Dios hace hoy a todo el que confía en él. El que cree pasa a ser hijo de Dios, este es el nuevo nacimiento.
La vida eterna es una vida ya presente, actual, es la vida que Dios comunica al creyente, una relación viva, espiritual, confiada y eterna con el Señor.
El que no cree está muerto, en el sentido de que no tiene relación con Dios. El que cree halla la vida, una relación de comunión con el Señor.
Quizás usted dude. Tal vez esto le parezca demasiado fácil, demasiado bello para ser verdad. Entonces lea este versículo escrito por el apóstol Juan: “Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna” (1 Juan 5:13).
“Así como el pecado reinó para muerte, así también la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro” (Romanos 5:21).


© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)

domingo, 2 de agosto de 2015

¿Quién como tú, un Dios que perdona?

¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad, y olvida el pecado del remanente de su heredad? Miqueas 7:18


Será dicho… ¡Mirad lo que ha hecho Dios! Números 23:23 (V. M.)



«Dios siempre es imprevisible y sorprendente», escribió un periodista francés. En la Biblia varias veces encontramos exclamaciones de sorpresa ante el poder o la sabiduría de Dios. “Dios es excelso en su poder; ¿qué enseñador semejante a él?” (Job 36:22). Dios siempre es más grande que todo lo que podamos decir de él. “Es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos” (Efesios 3:20).
En el versículo de hoy, el profeta se maravilla ante el perdón de Dios: ¿Quién como tú, un Dios que perdona? Cuando experimentamos el perdón de Dios, también hay algo que nos sorprende: nos perdona precisamente lo que nos parece imperdonable. Sí, su prerrogativa es «perdonar lo imperdonable». Sin embargo no tiene ninguna indulgencia con el mal. Perdona porque Jesucristo murió para borrar nuestros pecados; sufrió por ellos en nuestro lugar.
¿Cree en el perdón de Dios? ¿Cree que un Dios, juez de todo, puro y justo, puede llegar a amar al pecador y hallar la manera para perdonar lo imperdonable, gracias a Jesucristo?
Y nosotros cristianos, incluso si hemos pecado, Dios nunca nos rechaza; todo lo contrario, él siempre está listo para levantarnos, para liberarnos. No nos dejemos encerrar en una culpabilidad que nos paraliza, sino vayamos a él tal como somos, confesemos nuestro pecado para experimentar la grandeza, la profundidad de su perdón y la dulzura de su amor.
“El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia” (Proverbios 28:13).


Fuente: © Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)

viernes, 3 de julio de 2015

Compartir el sol

Dios es amor.
1 Juan 4:16


(El Señor dijo): Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia.
Jeremías 31:3


A fin de que… seáis plenamente capaces… de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios.
Efesios 3:17-19



Estamos en el mes de julio. En la playa muchas personas aprovechan el radiante sol de verano. Nuevos turistas vienen continuamente a instalarse, pronto ya no quedará más sitio… ¿Habrá suficiente sol para todos? ¿Los rayos que recibo menguarán su intensidad porque cada vez hay más gente? ¡No, afortunadamente! El sol alegra y calienta a todos. En mi rinconcito de playa, es como si brillase sólo para mí. ¡El sol es demasiado grande!
Esto me hace pensar en el amor de Dios por cada una de sus criaturas. El amor es la naturaleza de Dios; él es infinito, y su amor también. Millones de seres humanos se benefician de él. En el ámbito de las matemáticas sabemos que el infinito dividido por un número incluso muy grande, sigue siendo infinito. Pues bien, este amor infinito de Dios pertenece completamente a cada uno de nosotros; nuestra porción personal no se ve reducida por el gran número de los que se benefician de él.
Dios es infinitamente grande, por ello puede amar a cada uno de nosotros personalmente, y ocuparse de nosotros como si fuésemos únicos. Para nosotros, que somos seres finitos, ¡eso sería imposible!
El apóstol Pablo escribió: “El Hijo de Dios… me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20). ¡Se entregó por mí, como si yo fuese único, porque me amaba!
¡Recibamos simplemente este maravilloso amor, mucho más precioso que el calor del sol!


Fuente: © Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)

miércoles, 3 de junio de 2015

Una oferta universal y gratuita

(Jesús dijo:) Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.
Mateo 11:28


Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida.
Apocalipsis 21:6


Lo extraordinario de las invitaciones de Jesús es que son para todos y son gratuitas. En esto resumen el Evangelio.
–El Evangelio es para todos: es universal, cada uno puede beneficiarse de ello. Nadie lo merece, pero Jesús lo ofrece a todos, nadie queda excluido. Innumerables personas, muy diferentes debido a su cultura, sus orígenes, aspiraciones, han podido experimentar que Jesús cumple sus promesas.
–El Evangelio es gratuito: incluso es imposible comprarlo. Se acepta o se rechaza: es un verdadero don, un amor puro, divino, sin contrapartida. Quizá desconfiemos un poco de esta oferta y pensemos: ¿qué esconde todo esto? O nos sentimos decepcionados, pues descubrimos que no podemos hacer nada para merecer la salvación. Pero no olvidemos que si bien la salvación es gratuita para nosotros, Dios pagó un alto precio por ella: dio a su propio Hijo. ¿Qué podríamos añadir por nuestro lado? Nada, sólo aceptarla con agradecimiento.
¿Y adónde nos conduce el Evangelio? A otro mundo, un mundo moral que la Biblia llama el Reino de Dios, donde la confianza reemplaza a la duda, donde el gozo y la paz echan fuera la amargura y la tristeza. Quizá nos imaginemos que la vida cristiana está hecha de privaciones, que es triste y monótona. ¡Pero es todo lo contrario! ¡Dios nos da cosas excelentes! Incluso cuando las circunstancias de la vida son difíciles, en Jesucristo tenemos un amigo fiel, a quien podemos contar todo, quien nos anima y nos consuela.


Fuente: © Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)

martes, 19 de mayo de 2015

¿Y después de la muerte?

No hay hombre que tenga potestad sobre el espíritu para retener el espíritu, ni potestad sobre el día de la muerte. Eclesiastés 8:8


En algunos países la esperanza de vida ha aumentado en los últimos decenios. Sin embargo, sabemos muy bien que la vida humana pende de un hilo invisible y misterioso, y que las protecciones más sofisticadas parecen ridículos escudos de papel colocados ante un cataclismo natural. Es, pues, claro que la muerte es inevitable. ¡Sólo tenemos cierto tiempo para vivir! ¿Y después? Algunas personas hablan de reencarnación, de purgatorio, de la nada, de infierno, de paraíso…
Si la reencarnación existiese, tal vez tuviésemos la ocasión de vivir de forma diferente. Si pudiésemos limpiarnos de nuestros pecados en el purgatorio, podríamos vivir en esta tierra sin preocuparnos. Si la muerte condujese a la nada, entonces podríamos decir efectivamente: “Comamos y bebamos, porque mañana moriremos” (1 Corintios 15:32).
Pero, ¿qué dice la Biblia? Ella nos habla con una autoridad y sencillez que derriba todos nuestros razonamientos: “Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio” (Hebreos 9:27).
Pero también nos dice cómo escapar al juicio: “El que oye mi palabra (dijo Jesús), y cree al que me envió (Dios), tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida” (Juan 5:24). El paraíso es precisamente esa vida en la presencia de Dios. Nos ha sido abierto por la gracia de Dios (Efesios 2:8). “En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él” (1 Juan 4:9). La condición es aceptar este mensaje. ¡Crea en Jesús y vivirá!


Fuente: © Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)

lunes, 11 de mayo de 2015

Taparse los oídos

Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones.
Hebreos 4:7


(Dios nos dice:) Inclinad vuestro oído, y venid a mí; oíd, y vivirá vuestra alma.
Isaías 55:3


El oído que escucha las amonestaciones de la vida, entre los sabios morará.
Proverbios 15:31


Felipe estaba cumpliendo cuatro años y quería comer un trozo más de su torta de cumpleaños. «Ve a preguntarle a mamá», le aconsejó su hermana. El niño se acercó a su madre y le pidió permiso para comer otro pedazo de torta, pero rápidamente se alejó tapándose los oídos para no oír la respuesta: «No, Felipe, basta con lo que has comido». Luego, contento con su artimaña, comió el trozo de torta que tanto deseaba.
La astucia de Felipe le permitió hacer lo que quería… Si su madre le reclamaba algo, por lo menos podía decir que no había oído lo que ella le había dicho, y en cierto modo era la verdad…
La actitud de este niño nos hace sonreír. Pero, ¿acaso nosotros no hacemos lo mismo cuando evitamos oír lo que Dios quiere decirnos? Claro que no nos tapamos los oídos con las manos para no oír la voz que viene del cielo. Pero no leer la Biblia es una forma de cerrar los oídos a la voz de Dios, porque la Biblia es la Palabra de Dios. No consultarla evita claramente oír algunas verdades que podrían molestarnos. Así hacemos lo que queremos, sin tener en cuenta lo que Dios nos dice. ¡Pero el día que debamos rendir cuenta por todos nuestros actos no podremos decir a Dios que no oímos nada!
Sin embargo, como la madre de Felipe, Dios sólo desea nuestro bien. ¡Escucharlo redundará en beneficio nuestro!


Fuente: © Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)

domingo, 5 de abril de 2015

¿Quién nos removerá la piedra?

Fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones.
Lucas 24:5-6, 46-47


Después de haber muerto en la cruz, Jesús fue puesto en una tumba: una excavación tallada en una pared rocosa. Una pesada piedra sellaba la entrada. Al tercer día después de su muerte, unas mujeres que habían seguido a Jesús fueron a la tumba para embalsamar su cuerpo. Mientras iban por el camino, se preguntaban quién les removería “la piedra de la entrada del sepulcro” (Marcos 16:3).
¡Pero qué sorpresa se llevaron al llegar a la tumba! La piedra había sido removida y el cuerpo de Jesús ya no estaba allí. Perplejas, algunas de ellas se marcharon llenas de miedo; sólo María Magdalena se quedó allí llorando. No había comprendido que la piedra había sido removida para mostrar que la tumba estaba vacía, que Cristo había resucitado. En efecto, Dios expresó su plena satisfacción en la obra de la cruz resucitando a su Hijo Jesucristo. ¡Sí! Él murió para solucionar eternamente la cuestión del pecado que nos mantenía alejados de Dios. Pero ahora está vivo y declara: “Estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 1:18).
Cerca de la tumba vacía Jesús se apareció a María y le reveló las inmensas consecuencias de su muerte y resurrección. “Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (Juan 20:17). A partir de ese momento Dios se dio a conocer como el Padre.
El cielo está abierto y Cristo entró en él como Precursor. Pronto entraremos allí también todos los que hemos creído en él.


Fuente: © Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)

viernes, 3 de abril de 2015

Marcos 9:31

9:31 Porque enseñaba a sus discípulos, y les decía: El Hijo del Hombre será entregado en manos de hombres, y le matarán; pero después de muerto, resucitará al tercer día. 

miércoles, 1 de abril de 2015

S. Juan 18:28-40

18:28 Llevaron a Jesús de casa de Caifás al pretorio. Era de mañana, y ellos no entraron en el pretorio para no contaminarse, y así poder comer la pascua. 
18:29 Entonces salió Pilato a ellos, y les dijo: ¿Qué acusación traéis contra este hombre? 
18:30 Respondieron y le dijeron: Si éste no fuera malhechor, no te lo habríamos entregado. 
18:31 Entonces les dijo Pilato: Tomadle vosotros, y juzgadle según vuestra ley. Y los judíos le dijeron: A nosotros no nos está permitido dar muerte a nadie; 
18:32 para que se cumpliese la palabra que Jesús había dicho, dando a entender de qué muerte iba a morir.
18:33 Entonces Pilato volvió a entrar en el pretorio, y llamó a Jesús y le dijo: ¿Eres tú el Rey de los judíos? 
18:34 Jesús le respondió: ¿Dices tú esto por ti mismo, o te lo han dicho otros de mí?
18:35 Pilato le respondió: ¿Soy yo acaso judío? Tu nación, y los principales sacerdotes, te han entregado a mí. ¿Qué has hecho? 
18:36 Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí.
18:37 Le dijo entonces Pilato: ¿Luego, eres tú rey? Respondió Jesús: Tú dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz. 
18:38 Le dijo Pilato: ¿Qué es la verdad? Y cuando hubo dicho esto, salió otra vez a los judíos, y les dijo: Yo no hallo en él ningún delito. 
18:39 Pero vosotros tenéis la costumbre de que os suelte uno en la pascua. ¿Queréis, pues, que os suelte al Rey de los judíos? 
18:40 Entonces todos dieron voces de nuevo, diciendo: No a éste, sino a Barrabás. Y Barrabás era ladrón.

sábado, 28 de marzo de 2015

El nuevo nacimiento

A todos los que le recibieron (Jesús), a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios.
Juan 1:12


Cuando un niño nace, sus padres tienen que inscribir su nombre y su filiación en el estado civil. De la misma manera, la Biblia nos enseña que para que podamos entrar en la familia de Dios es necesario pasar por el nacimiento, es decir, el nuevo nacimiento. Entonces nuestro nombre podrá figurar en el “libro de la vida”, el registro civil del cielo, en el que Dios inscribe a los que creen en su Hijo y lo aceptan como su Salvador personal. “A todos los que le recibieron (Jesús), a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”. Es un derecho, basado únicamente en la obra expiatoria de Cristo, y no en nuestros méritos. No soy cristiano porque sea mejor o más religioso que los demás, sino porque existe una relación entre el Señor Jesús y yo.
A un hombre muy religioso, Nicodemo, el Señor Jesús dijo: “El que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3:5). La alta posición de Nicodemo no le daba derecho ni a ver ni a entrar en el reino de Dios. Tenía que pasar por un nuevo nacimiento. Para producirlo, el Espíritu usa la Palabra de Dios (figurada por “el agua”) para convencer al hombre de que es pecador y necesita ser salvo.
El cristianismo no es un conjunto de ceremonias, dogmas y reglas. Es el conocimiento de Jesucristo, un vínculo entre él, quien da la vida, y nosotros, quienes la recibimos. Ese vínculo y esa relación fueron establecidos de una vez para siempre cuando nos convertimos: habiendo reconocido que somos pecadores, aceptamos por la fe la salvación gratuita que Jesús nos ofrece, el pleno valor de su muerte en la cruz para borrar nuestros pecados.


Fuente: © Editorial La Buena Semilla.

jueves, 12 de marzo de 2015

La conversión significa dar media vuelta

(Jesús dijo al apóstol Pablo:) A quienes ahora te envío, para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados.
Hechos 26:17-18


Podemos pasar de una religión a otra sin que por ello podamos hablar de conversión. Es posible formar parte de un grupo de cristianos sin haber experimentado nunca una verdadera conversión. Incluso uno puede tener cierto cambio moral, una mejora de la conducta, sin que se trate de una conversión en el sentido bíblico.
Según la Biblia, convertirse significa literalmente dar la vuelta, apartarse de algo para ir hacia otra cosa. El arrepentimiento es un cambio interior completo en nuestros pensamientos más profundos, la conversión es un complemento en los actos. La acción acompaña el pensamiento. Es dar media vuelta para ir en otra dirección. Es pasar de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida, del poder de Satanás a Dios (Colosenses 1:12-13; Juan 5:24). Los de Tesalónica, después de haber escuchado el Evangelio, se habían convertido y habían abandonado los ídolos para servir al Dios vivo y verdadero (1 Tesalonicenses 1:9).
Convertirse consiste, pues, en dar la espalda a todo aquello que forma parte de las tinieblas, del error y del pecado, para volverse resueltamente hacia Dios. Significa renunciar a nuestras concepciones erróneas, a nuestros propios razonamientos limitados o tendenciosos, para creer en la Biblia, la Palabra de Dios, y aprender a conocer a Jesús como Salvador y Señor. Esta conversión es la demostración de que Jesús nos salvó. Jesús dijo: “Si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos” (Mateo 18:3).


Fuente: © Editorial La Buena Semilla

domingo, 22 de febrero de 2015

Dios ha establecido un día

El Señor… es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento. Pero el día del Señor vendrá… y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas.
2 Pedro 3:9-10


Ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó.
Hechos 17:31


Hace miles de años Noé construyó un arca, un gran barco (leer Génesis 6:5-22). Sus contemporáneos pudieron asistir al paciente trabajo de este hombre obediente al mandato de Dios. El arca fue construida a la vista de todo el mundo, en tierra firme, lejos de los mares. Esta arca anunciaba el terrible juicio de Dios mediante el diluvio. Durante días y días no sucedió nada, pues “la paciencia de Dios” esperaba (1 Pedro 3:20). Los hombres de esa época pensaban que el juicio no llegaría nunca. Cada uno estaba ocupado en sus asuntos, sin creer en la palabra de Dios y el testimonio de Noé. Pero el arca fue terminada y Dios dio la orden a Noé de entrar en ella con su familia. Todavía tuvo paciencia durante siete días más. Después, en el día señalado, las aguas llenaron la tierra y los que no habían creído fueron tragados por ellas…
¿Sabía usted que también hoy la paciencia de Dios está esperando? Los hombres que creen en Dios y toman en serio su Palabra, aceptan el medio de salvación propuesto al creer en el Señor Jesús. De este modo quedan al abrigo del juicio de Dios, en total seguridad. Los días pasan y los incrédulos piensan que todo continuará así. Pero la Palabra de Dios se cumplirá, y él ha fijado un día para el juicio del mundo. Cada día que pasa nos acerca más a ese temible día, lo queramos o no. Pero hoy Dios le ofrece la salvación mediante la fe. ¡Quizás usted sea aquella persona por la que está esperando!


© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)

miércoles, 21 de enero de 2015

¡Vuélvase a Dios!

Y volviendo en sí, dijo:… Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo… Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó.
Lucas 15:17-20


¿Piensa que su vida es un gran desastre? ¿Ha tomado un camino que le parece sin salida y ha perdido toda esperanza de salir? La parábola del hijo perdido, contada por Jesucristo, debe darle razones para tener esperanza (lea Lucas 15:11-32).
Un hijo dejó a su padre para irse lejos y vivir una vida desenfrenada. Anduvo en todo tipo de placeres hasta gastar todo el dinero que tenía. ¡Adiós a la despreocupación de esos días de desenfreno! El hambre le obligó a ocuparse de los cerdos. Estaba tan hambriento que llegó a desear su comida. Entonces reflexionó… Primeramente llegó a una conclusión: era más miserable que los obreros de su padre. Luego, consciente de su entera responsabilidad en esa desastrosa situación, tomó una decisión: volver a la casa de su padre. ¿Iba a pedir su clemencia? No, simplemente le diría: “Padre, he pecado… Ya no soy digno de ser llamado tu hijo”. Su orgullo había sido quebrantado y el deseo de justificarse había desaparecido. Consciente de la gravedad de sus faltas dio media vuelta para volver a su padre, de quien sólo podía esperar un enojo justificado.
Pero ese padre, que aguardaba su regreso, corrió a su encuentro, lo abrazó, lo perdonó y le volvió a dar su lugar de hijo.
¡Así es la misericordia de Dios! Querido lector, si usted ha arruinado su vida, vuélvase a Dios, confiésele su pecado. A cambio él le ofrecerá su perdón y un nuevo punto de partida para una vida enriquecida por su amor.


Fuente: © Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)