domingo, 5 de abril de 2015

¿Quién nos removerá la piedra?

Fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones.
Lucas 24:5-6, 46-47


Después de haber muerto en la cruz, Jesús fue puesto en una tumba: una excavación tallada en una pared rocosa. Una pesada piedra sellaba la entrada. Al tercer día después de su muerte, unas mujeres que habían seguido a Jesús fueron a la tumba para embalsamar su cuerpo. Mientras iban por el camino, se preguntaban quién les removería “la piedra de la entrada del sepulcro” (Marcos 16:3).
¡Pero qué sorpresa se llevaron al llegar a la tumba! La piedra había sido removida y el cuerpo de Jesús ya no estaba allí. Perplejas, algunas de ellas se marcharon llenas de miedo; sólo María Magdalena se quedó allí llorando. No había comprendido que la piedra había sido removida para mostrar que la tumba estaba vacía, que Cristo había resucitado. En efecto, Dios expresó su plena satisfacción en la obra de la cruz resucitando a su Hijo Jesucristo. ¡Sí! Él murió para solucionar eternamente la cuestión del pecado que nos mantenía alejados de Dios. Pero ahora está vivo y declara: “Estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 1:18).
Cerca de la tumba vacía Jesús se apareció a María y le reveló las inmensas consecuencias de su muerte y resurrección. “Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (Juan 20:17). A partir de ese momento Dios se dio a conocer como el Padre.
El cielo está abierto y Cristo entró en él como Precursor. Pronto entraremos allí también todos los que hemos creído en él.


Fuente: © Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)

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