jueves, 11 de agosto de 2016

La persona de Jesucristo

He aquí, vengo; en el rollo del libro está escrito de mí; el hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón.
Salmo 40:7-8
Las palabras del Salmo 40, citadas en el texto del encabezamiento, solo tienen su verdadero sentido en boca de Jesucristo, el Hijo de Dios, quien vino del cielo a la tierra para cumplir la voluntad de su Dios y Padre. ¿Qué quería decir con ello?
Cada instante de su vida estaba consagrado a Dios. Todas sus palabras, todas sus acciones correspondían perfecta y totalmente a la voluntad de su Padre.
Ni la oposición de los hombres, ni las tentaciones de Satanás pudieron desviarlo de su camino de perfecta obediencia. Todas las fuerzas de Satanás lo atacaron el día de la tentación. Ante el tribunal religioso, la hostilidad despiadada de aquellos a quienes había servido con amor y misericordia cayó sobre él. Por voluntad propia, y en total obediencia, fue hasta la cruz, pues había dicho: “La copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?” (Juan 18:11).
Nunca había habido en la tierra un hombre así. Solo Dios Padre puede apreciar realmente la grandeza de la abnegación de su Hijo. Y desde ahora desea compartir con nosotros el valor infinito que tiene su Hijo.
Pensar en nuestra salvación es apreciar una parte solamente de la obra y la persona de Jesucristo. Pensemos igualmente en toda la satisfacción que el Padre halló en la perfección de su Hijo: en su vida, en su sacrificio y en su muerte en la cruz.
“Nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo” (1 Juan 1:3).
Jeremías 16 - Lucas 20:1-26 - Salmo 93 - Proverbios 21:9-10